
El desasosiego,
que pese a los manjares de Tui
persiste en la noche,
abandona al despertar
entre hospitalidad y viñedos

en esta mi tierra desconocida
bañada de inusitado sol
recibe cual peregrino
la ciudad de piedra de Santiago de Compostela

me ilumina
con sabiduría anciana
sustituyendo tormentas
por pensamientos

presagiando la primera paz
a orillas de rías galegas
irónicamente degustando
las praias de Coruña
mientras hasta el sur de la península diluvia.

Nada nuevo se escribe,
sólo se añaden matices
que distancian del pasado.

Visito por fin Arteixo,
nido de un conocido
que por fin se convirtió en amigo
y cuya voluntad pronto volará
allá donde su alma reside,
marisco y albariño riegan la noche
como ayer acompañaba el vinho verde.

La esperanza de otros tiempos
se dibuja entre el verde de los pastos
y el brillo de los humedales,
anunciando nuevos aires y horizontes.

Al día siguiente Ferrol nos confunde
en la ingrata memoria del que usurpó su nombre
pero el nirvana llega con San Andrés Teixido,
al que todo galego visita en vida
si no desea regresar tres veces con la Santa Compaña,
hoy tan calmo de turistas beatos
que ni pide la protección legendaria
de los acantilados de Cariño

No la necesita ante el extraordinario sosiego
que el Atlántico ha gustado regalar hoy
despide al sol amainadamente
entre las percebeiras rocas de Cabo Ortegal
que en vano tratan de separar del vasto océano
las aguas del Cantábrico.
















